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En
sus obras se describe y plasma las formas de vida del Japón
feudal, en una mezcla de la antigua literatura japonesa con
las influencias de la narrativa europea de autores como France,
Wilde, Symonds, Loti. Sus escritos neorrealistas reaccionan
contra el naturalismo y el neorromanticismo. Fue ensayista,
poeta, crítico y cuentista, con estilo y técnica
brillantes.
El primer cuento que publicó fue Rashomon, en 1915.
Fue combinado con un relato posterior, "En el bosque",
para ser usados como argumento para el rodaje de la película
Rashomon (1950), dirigida por el director de cine japonés
Akira Kurosawa.
Escribió otros cuentos como La nariz, Kesa y Moritò,
En el bosque, El biombo del infierno. Su última obra
importante fue El engranaje (1927), una fábula sobre
criaturas semejantes a duendes que reflejaba su depresión
de aquella época.
Entre sus libros citaremos Cuentos grotescos y curiosos, Los
tres tesoros, Kappa, Rashomon, Cuentos breves japoneses. Tradujo
al japonés obras de Browning. Antes de quitarse la
vida Akutagawa escribió esta frase: «Una vaga
inquietud».
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Ryunosuke
Akutagawa - RASHOMON |
Ocurrió
en un crepúsculo: un hombre de miserable condición
aguardaba, bajo Rashomon , que amainara la lluvia.
No había ninguna otra persona bajo la gran Puerta. Apenas,
sobre una enorme columna que había perdido fragmentos de
su enlucido rojo, estaba posado un saltamontes. Rashomon se encuentra
en la avenida Suzaku, y en ella podría esperarse encontrar,
además de este hombre, a otras personas guareciéndose
de la lluvia, mujeres tocadas con el sombrero cónico o
samurais con el eboshi. Sin embargo, nadie estaba ahí,
con excepción de él.
"¿Por qué?", se preguntarán ustedes.
Bien, durante ese último par de años una serie de
calamidades —sismos, ciclones, incendios, hambre—
se habían abatido sobre la ciudad de Kyoto, y habían
acarreado un desolación poco común en la capital.
Una antigua crónica dice que hasta fueron rotas las estatuas
de Buda, los objetos del culto budista, y que las delicadas maderas,
enlacadas con cinabrio o enchapadas con oro y plata, fueron apiladas
en los bordes de los caminos, donde se las vendía como
combustible. Y dado que la propia capital se hallaba en semejante
estado era natural que no se tuviera en cuenta la necesidad de
refaccionar Rashomon: no había quien prestara atención
al asunto. Cuando cayó completamente en ruinas, zorros
y ladrones se aprovecharon de ella, unos y otros hicieron ahí
sus madrigueras. Hasta se llegó a arrojar los cadáveres
no reclamados en la galería de Rashomon. Y cuando caía
el día, la gente atemorizada ni siquiera aceptaba aproximarse
al lugar.
En cambio venían los cuervos, en grandes bandadas, no se
sabía de dónde. Durante el día volaban en
círculo, innumerables, graznando alrededor de las altas
torres. Y al caer el sol se esparcían como granos de sésamo
sembrados bajo el cielo púrpura que se dilataba por encima
de la Puerta. Venían, evidentemente, para devorar los cadáveres
abandonados.
Ese día, tal vez debido a lo tardío de la hora,
no se veía a ninguno. Pero sus cagadas, caídas aquí
y allá, formaban pequeñas manchas blancas sobre
la escalera de piedra que amenazaba desplomarse y sobre las grandes
matas de hierba que invadían las grietas. De pie en el
más alto de los siete peldaños, el hombre, acurrucado
bajo la tela de su kimono azul oscuro desvaído por los
muchos lavados, miraba caer la lluvia con aire ausente. Su única
preocupación era una gruesa pústula que emergía
de su mejilla derecha.
Lo dije: "Un hombre de miserable condición estaba
allá, aguardando que amainara la lluvia". En rigor
de verdad, este hombre no tenía otra cosa que hacer, lloviera
o no. En situación normal, debería estar cerca de
su amo; pero éste lo había despedido cuatro o cinco
días antes. Por aquella época la ciudad de Kyoto
era presa, como ya lo dije, de una desolación poco común,
de la cual la desgracia de este hombre expulsado por el amo al
que había servido durante mucho tiempo era apenas una consecuencia
insignificante. De modo que mejor hubiera sido decir: "Un
hombre de miserable condición, desprovisto de todo recurso,
estaba bloqueado por la lluvia, sin saber adonde ir", en
vez de "Un hombre de miserable condición estaba allá,
aguardando que amainara la lluvia". Por lo demás,
ese día el aspecto del cielo contribuía notablemente
a la depresión moral de aquel hombre de la época
de Heian. La lluvia que había comenzado a caer en las primeras
horas de la tarde, no parecía tener intención alguna
de parar. Abstraído por el urgente problema que constituía
su supervivencia inmediata, tratando de resolver una cuestión
que sabía sin solución, el hombre escuchaba con
aire ausente y rumiando deshilvanados pensamientos el ruido de
la lluvia que caía sobre la avenida Suzaku.
La lluvia envolvía Rashomon, y ráfagas que venían
de lejos amplificaban el ruido de su caída. Poco a poco
las tinieblas fueron copando el cielo, y del techo colgaban, en
el extremo de tus tejas inclinadas, torpes masas de sombrías
nubes.
Para resolver un problema insoluble, no podía tardar en
encontrar un medio. De lo contrario, bien podría morir
de hambre al pie de un talud o al borde de un camino, y entonces
su cadáver sería arrojado a la galería de
la Puerta como el de un perro reventado. "Si todos los medios
fueran permitidos...". El pensamiento del hombre, después
de muchas vacilaciones se concentró sobre este punto decisivo.
Pero, después de todo, ese "si" era para él,
en tales circunstancias, lo mismo que "sí". Claro
que aun reconociendo que cualquier medio sería justificado,
al hombre le faltaba el coraje necesario para dar el primer paso
exigido por su situación y admitir francamente esta conclusión
inevitable: "No queda otro recurso que hacerme ladrón".
Lanzando un fuerte estornudo se estiró perezosamente. En
Kyoto, donde la temperatura baja mucho al anochecer, el frío
obligaba a añorar el fuego. En la oscuridad que comenzaba
a reinar, el viento soplaba con violencia entre las columnas de
la Puerta. El saltamontes posado sobre la columna enlucida con
cinabrio había desaparecido.
El hombre, hundiendo el cuello entre los hombros, recorrió
con la mirada los alrededores de la Puerta, mientras elevaba los
bordes del kimono que llevaba sobre su ropa interior amarilla.
Porque había decidido buscar, para pasar la noche, un lugar
donde pudiera dormir tranquilo, lejos de las miradas de los hombres
y al abrigo de la lluvia y el viento. Su mirada dio con una larga
escalera que conducía a la galería de la Puerta.
En cualquier caso, allí sólo encontraría
cadáveres. Entonces, cuidándose para que su sable
no se deslizara de la vaina, apoyó un pie calzado con sandalia
en el primer peldaño de la escalera.
Transcurrieron algunos instantes. A mitad de camino sobre la alta
escalinata que conducía a la galería, agazapado
como un gato, reteniendo el aliento, espió para ver qué
sucedía arriba. La luz que bajaba iluminaba tenuemente
su mejilla derecha, esa mejilla en la que, bajo la maza de una
patilla corta brotaba un grano rojo y purulento. Al comienzo,
el hombre había estado lejos de imaginar que allí
encontraría otra cosa que cadáveres. Pero cuando
subió por los primeros dos o tres escalones, le pareció
que arriba había luz, y que alguien la movía. Su
sospecha provenía del hecho de que un resplandor molesto
y amarillo se reflejaba, vacilante, desplazándose sobre
el techo en cuyos rincones colgaban telarañas. Sin duda
no podía ser una persona normal la que en esa noche de
lluvia andaba con una luz en la galería de Rashomon.
Trepando tan silenciosamente como una salamanquesa, el hombre
alcanzó el último peldaño de la escalinata.
Y aplastando el cuerpo y estirando el cuello tanto como le era
posible, observó, casi transido de espanto, el interior
de la galería. Tal como lo esperaba, cadáveres descuidadamente
arrojados alfombraban el suelo. Pero como el sector iluminado
era menos amplio que lo que había imaginado, no pudo precisar
el número de muertos. Apenas podía distinguir, con
esa luz débil, que algunos cuerpos estaban desnudos y otros
vestidos. Había hombres y mujeres, le pareció. Todos
esos cadáveres, sin excepción, yacían en
el suelo como muñecos caídos con las bocas abiertas
y los brazos extendidos. ¡Quién reconocería
en ellos a los seres vivientes de ayer! Algunas partes protuberantes
de esos cuerpos, como las espaldas y los pechos, iluminados por
vagos resplandores, hacían que el resto pareciese más
sombrío. Estaban como coagulados en un mutismo implacable.
El olor de la descomposición lo había impulsado
a taparse la nariz con la mano; sin embargo, permitió que
esta mano descendiera repentinamente, porque una sensación
todavía más fuerte abolió casi a la del olor.
Sus ojos habían discernido una silueta acurrucada en medio
de los cadáveres. Era una vieja descarnada, canosa, harapienta,
macilenta, de aspecto simiesco. Con una antorcha de pino en su
mano derecha se inclinaba, como si la estuviera examinando, sobre
la cabeza de un cadáver cuya larga cabellera hacía
suponer que era el de una mujer.
Petrificado por un miedo con el que se mezclaba la curiosidad,
el hombre retuvo el aliento durante algunos instantes. Para citar
la expresión del autor de la antigua historia, el hombre
sintió "que se le erizaban los pelos". Pronto
la vieja, plantando su tea entre las maderas del piso, acercó
sus manos a la cabeza del cadáver que contemplaba, se puso
a arrancar, uno por uno, a la manera de una mona que depila a
su pequeño, los largos cabellos de la muerta que, bajo
sus manos, parecían desprenderse con suavidad.
A medida que los cabellos eran arrancados, el temor del hombre
cedió paso a un sentimiento de odio contra la vieja, un
odio que se encendía más y más en su corazón.
No, sería inexacto decir "contra la vieja". Se
debería decir, más bien, que la repulsión
contra el mal se apoderó del hombre y que esa repulsión
crecía segundo a segundo. Si en ese instante alguien le
hubiera planteado nuevamente el problema que lo había preocupado
bajo Rashomon, es decir, la alternativa entre convertirse en ladrón
o morir de hambre, sin duda alguna este hombre hubiera escogido
sin vacilar la segunda posibilidad. Porque su odio hacia el mal
comenzaba a inflamarlo como la antorcha que la vieja había
clavado entre las maderas.
Pero él no comprendía por qué la vieja arrancaba
los pelos de los muertos. De manera que le resultaba imposible
formarse un juicio moral razonable. De todas maneras, para él,
el solo hecho de depilar los cadáveres en la galería
de Rashomon, en una noche de lluvia, constituía una falta
imperdonable. Había olvidado que sólo unos momentos
antes había decidido convertirse en ladrón.
El hombre saltó desde el último peldaño al
suelo, y con la mano sobre la empuñadura del sable se aproximó
a la vieja a grandes pasos. Obviamente, la vieja se asustó
y saltó como una piedra disparada por una honda.
—¡Bestia! ¿Qué estás haciendo?
—vociferó el hombre, cortándole el paso a
la vieja que, enloquecida, tropezaba con los cadáveres,
tratando de huir, mientras el hombre forcejeaba para impedirlo.
Por unos instantes se empujaron en medio de los cadáveres,
silenciosamente, con el resultado que es fácil imaginar.
El hombre terminó por voltear violentamente a su contrincante
sobre el suelo y torciéndole el brazo, un brazo descarnado
como una pata de pollo, gritó:
—¿Qué haces aquí? ¡Habla o...!
Había desenvainado su espada, apoyando el brillante acero
sobre el cuello de la vieja desplomada. Sin embargo, ésta
se mantuvo en silencio. Con los brazos temblorosos, los hombros
sacudidos por su respiración agitada y los ojos tan abiertos
que casi se salían de sus órbitas, la vieja se obstinó
en callar como otra muerta. Al verla de esta manera, el hombre
comprendió claramente que la suerte de la vieja dependía
de lo que él decidiera. Esto mitigó en su interior
el odio que había sentido un instante antes. Sólo
quedaba en él la satisfacción salvaje pero serena
que sigue a una proeza culminada. Dejó que su mirada descendiera
sobre la vieja y que su voz se suavizara:
—No me confundas con un policía. Sólo soy
un viajero que pasaba por Rashomon. No quiero encadenarte ni arrestarte.
Dime solamente qué es lo que hacías aquí
a esta hora.
Ante estas palabras, la vieja miró al hombre con ojos aún
más abiertos, ojos crueles de ave de rapiña con
órbitas rojas. Luego, como si masticara alguna cosa, movió
los labios cuyas arrugas se confundían con las de su cuello.
En su descarnado gaznate se movía una prominente nuez de
Adán.
—¡Los pelos! ¡Los pelos! Quiero hacer una peluca.
La inesperada banalidad de la respuesta decepcionó al hombre.
El cambio de su estado de ánimo no pasó desapercibido
para la vieja que, sin soltar los largos cabellos arrancados a
la cabeza de la muerta cuchicheó como si croara:
—Claro, ya sé que arrancar el cabello de los muertos
es una vileza. Pero, créamelo, ninguno de éstos
merece otra cosa. La mujer a la que le quité estos cabellos,
por ejemplo, iba al cuartel de los oficiales a vender carne seca
de serpiente. La cortaba en tiras cortas y la hacía pasar
por pescado. Si la peste no hubiera acabado con ella, seguiría
haciendo lo mismo. Parece que los oficiales estaban contentos
con esta dieta, decían que la carne era buena.
De todos los ladrones que rondan por los cala carne era buena.
Y por mi parte no creo que ella hiciera mal. No podía hacer
otra cosa para evitar morirse de hambre. Tampoco creo que mi conducta
sea reprensible. Si no arrancara los pelos, moriría de
hambre. ¿Qué quiere que haga? Hasta esta mujer,
si pudiera enterarse, me perdonaría, estoy segura.
La vieja habló un poco más en esos términos.
El hombre, con la mano izquierda sobre la empuñadura de
su espada envainada, seguía con frialdad el discurso. Su
mano derecha estaba atareada sobre la mejilla, con el grueso grano
rojo y purulento. Y mientras así escuchaba a la vieja,
el hombre sintió que una especie de decisión nacía
en su pecho. La decisión que le había faltado cuando
estaba bajo Rashomon, una decisión opuesta a la que había
adoptado cuando se abalanzó sobre la vieja. Más
aún: "morir de hambre" era para él, en
esos momentos una idea tan lejana, tan ridícula, que ni
siquiera podía detenerse a pensarla.
La vieja había terminado de hablar. El hombre le preguntó:
—¿Es verdad lo que dices?
Y después, adelantándose, abandonó bruscamente
la atención de su grano, agarró a la vieja del cuello
y le gritó en la cara:
—¡Entonces no te enojarás tampoco conmigo si
te robo tu ropa? ¡Si no lo hiciera también yo moriría
de hambre!
La desvistió rápidamente. Y con una patada envió
sobre los cadáveres a la vieja que trataba de agarrarse
de sus piernas. Había unos pasos hasta la escalera. Con
la ropa rosada bajo el brazo, el hombre descendió velozmente
y fue engullido por la noche oscura.
Un rato después la vieja, que había quedado tirada
como una muerta, se levantó completamente desnuda, entre
los cadáveres. A la luz de la llama que seguía dando
su luz, se arrastró gimiendo, hasta la escalera. Desde
ahí arriba, con la cabeza1 reclinada sobre la que colgaban
los blancos cabellos cortos, se puso a mirar hacia la parte baja
de Rashomon. Sólo veía tinieblas.
Qué se hizo del hombre, nadie, jamás lo supo. |
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| Ryunosuke
Akutagawa - EN EL BOSQUE |
DECLARACION DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL
DE INVESTIGACIONES
DE LA KEBUSHI
—Yo confirmo, señor oficial, mi declaración.
Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana,
como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para
hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de
la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho,
me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje
silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas
raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador
de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo
de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo,
pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las
hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban
como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de
la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual,
bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que
ni siquiera escuchó que me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente
nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una
cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré
alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú
estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes
de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si
no observé un caballo? No, señor oficial. No es
ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable
espesura separa ese paraje de la carretera.
DECLARACION DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO
POR EL MISMO OFICIAL
—Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había
visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia
el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y
Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado
por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de
manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente
en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo,
me parece que era un alazán con las crines cortadas.
¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku1 cuatro sun2, me parece;
soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El
hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí,
recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde
llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que
le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío
o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras
para expresarlo...
DECLARACION DEL SOPLON INTERROGADO POR
EL MISMO OFICIAL
—¿El hombre al que agarré? Es el famoso
bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé
estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo.
Parecía haber caído del caballo. ¿La hora?
Hacia la primera del Kong1, ayer al caer la noche. La otra vez,
cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo
kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial,
como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas.
¿Que la víctima tenía las mismas armas?
Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco
enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete
flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con
él. También el caballo era, como usted dijo, un
alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias
a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose,
el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de
piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital,
este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el
otoño del año pasado fueron halladas muertas en
la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía
en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba.
Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él
el que mató a este hombre, es fácil suponer qué
hizo de la mujer que venía a caballo.
No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor
oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.
DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA
POR EL MISMO OFICIAL
—Sí, es el cadáver de mi yerno. El no era
de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia
de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis
años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía
tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años.
Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre.
No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis
moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo.
Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa.
¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino!
¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a
aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar
sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana,
señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue
de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para
encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama?
¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente
mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus
palabras.
CONFESION DE TAJOMARU
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer.
¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé
nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen!
Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas,
por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo
que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja.
El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro
de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo
después ya no lo veía. La brevedad de esta visión
fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa
como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme
de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante
como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente
la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante
el sable que llevo en mi cintura, mientras que vosotros matáis
por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente
benévola. Cuando matáis vosotros, la sangre no
corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero
no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de
la gravedad de la falta, me pregunto quién es más
criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi
humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer
sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo,
como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina,
me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por
otro viajero, les conté que allá, en la montaña,
había una vieja tumba, y que en ella yo había
descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos
de la mirada de los envidiosos los había enterrado en
un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador
para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre
se interesó visiblemente por la historia... Luego...
¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja
había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros
estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran
para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró
motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar
montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción
ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo
esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré
en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después
de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro
junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para
poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre
la maleza, lo engañé diciéndole con aire
sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre
se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles
enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al
pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre
él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía
robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar
de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda?
Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para
saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar,
tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer,
y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido
había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más
está decir que me creyó. Se desembarazó
de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de
mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie
del abeto, extrajo un puñal que había escondido,
no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer
tan intrépida. La menor distracción me habría
costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre.
Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí
eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru:
conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada,
por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer.
Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo
alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque,
dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando
ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché
decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de
su marido, que no podía soportar la vergüenza ante
dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era
todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó
jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de
matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru
un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre
más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara
de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba
en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas
se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque
el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia
vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento
decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me
habría alejado después de deshacerme de ella con
un puntapié. Y no habría manchado mi espada con
la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a
la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar
el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo
iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié.
(Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto,
yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre
desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se
precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya
conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi
espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo
tercer asalto! Sentí admiración por él,
nadie me había resistido más de veinte... (Sereno
suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer,
empuñando todavía el arma ensangrentada.
¡Había desaparecido! ¿Para qué lado
había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo
cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros.
Mi oído no percibió otro sonido que el de los
estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a
través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes
deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida:
apoderándome de las armas del muerto retomé el
camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió
después? No vale la pena contarlo. Diré apenas
que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde
o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme
a morir. (Gesto de arrogancia.)
CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO
DE KIYOMIZU
—Después de violarme, el hombre del kimono azul
miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh,
cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones
no hacían más que clavar en su carne la cuerda
que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho,
quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo,
y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese
instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi
marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada
vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado
de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que
sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera,
ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia
mí. Más anonadada por ese sentimiento que por
el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí
desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que
recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido,
y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome
penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo:
su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio
y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza?
¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí
en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me
aproximé a mi marido, y le dije:
—Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta
situación horrible en que me encuentro, ya no podré
seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí
mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido
testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me
sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía
mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los
latidos de mi corazón, busqué la espada de mi
esposo. El bandido debió llevársela, porque no
pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco
estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.
Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
—Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de
bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse
escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible
me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme,
me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a
través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré
a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde
hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos
del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban
con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver.
Después... ¿qué me pasó? No tengo
fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué
el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna
en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que
sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme.
(Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde
Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una
mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido...
qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla
en sollozos.)
LO QUE NARRÓ EL ESPIRITU POR
LABIOS DE UNA BRUJA
—El salteador, una vez logrado su fin, se sentó
junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los
medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir
nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente,
tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice
es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender.
Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas
de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión
de que prestaba oídos a lo que decía el bandido.
Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido,
por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me
sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía:
«Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá
saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa?
Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de
esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes
argumentos.
Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada.
Yo mismo no la había visto nunca con expresión
tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella
mujer respondió al ladrón delante de su marido
maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras».
(Aquí, un largo silencio.)
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si
no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura
de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba
a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí
con el rostro pálido, y señalándome con
el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol,
dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo
no podré vivir contigo!». Y gritó una y
otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba
con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen
persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de
labios humanos una expresión de deseos tan horrible?
¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan
malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba
con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba
a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó.
Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas
secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba
lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué
quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone,
¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres
que la mate? ...».
Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese
hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó,
internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo,
se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba
inmóvil esa pesadilla.
Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó
de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un
solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude
escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición,
todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien
llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté
atención: eran mis propios sollozos los que había
oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga
pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo
dolorido. Delante mío relucía el puñal
que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo
clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón
acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió.
A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba
¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro
en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través
de los bambúes y los abetos, un último rayo del
sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes
ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio.
En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté
de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad.
Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi
pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el
fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...
(Diciembre de 1921.)
FIN
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| Ryunosuke
Akutagawa - SENNIN |
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Un
hombre que quería emplearse como sirviente llegó
una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero
nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké,
pues él era, después de todo, un sirviente
para cualquier trabajo.
Este hombre —que nosotros llamaremos Gonsuké—
fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO,
y dijo al empleado que estaba filmando su larga pipa de
bambú:
—Por favor, señor Empleado, yo desearía
ser un sennin. ¿Tendría usted la gentileza
de buscar una familia que me enseñara el secreto
de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante
un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
—¿No me oyó usted, señor Empleado?
dijo Gonsuké—. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera
usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele
el secreto?
—Lamentamos desilusionarlo —musitó el
empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa—, pero
ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos
tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de
sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
Gonsuké se le acercó más, rozándolo
con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul,
y empezó a argüir de esta manera:
—Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso
no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto
que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier
trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionadamente,
si no lo cumple.
Frente a su argumento tan razonable, el empleado no censuró
el explosivo enojo:
—Puedo asegurarle, señor Forastero, que no
hay ningún engaño. Todo es correcto —se
apresuró a alegar el empleado—; pero si usted
insiste en su extraño pedido, le rogaré que
se dé otra vuelta por aquí mañana.
Trataremos de conseguir lo que nos pide. |
Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa, y logró,
momentáneamente por lo menos, que Gonsuké
se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía
la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar
a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo
que al deshacerse del visitante, el empleado acudió
a la casa de un médico vecino.
Le contó la historia del extraño cliente y
le preguntó ansiosamente:
—Doctor, ¿qué familia cree usted que
podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor.
Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre
el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín.
Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida
como la Vieja Zorra, quien contestó por él
al oír la historia del empleado.
—Nada más simple. Envíelo aquí.
En un par de años lo haremos sennin.
—¿Lo hará usted realmente, señora?
¡Sería maravilloso! No sé cómo
agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di
cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor
con un sennin.
El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la
mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó
con gran júbilo.
Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía
muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer,
le regañó malhumorado:
—Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería
que has hecho y dicho? ¿Qué harías
si el tipo empezara a quejarse algún día de
que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita
promesa después de tantos años?
La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió
hacia él y graznó:
—Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado
tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría
arañar lo suficiente en este mundo de te comeré
o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
Esta frase hizo callar a su marido.
A la mañana siguiente, como había sido acordado,
el empleado llevó a su rústico cliente a la
casa del doctor. Como había sido criado en el campo,
Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente
vestido con haori hakama, quizá en honor de tan importante
ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba
en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña
sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado
en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró
con curiosidad, como a un animal exótico traído
de la lejana India, y luego dijo:
—Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo
mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa
idea en la cabeza.
—Bien, señor, no es mucho lo que puedo decirle
—replicó Gonsuké—. Realmente fue
muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y
miré el gran castillo, pensé de esta manera:
que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá,
debe morir algún día; que usted puede vivir
suntuosamente, pero aun así volverá al polvo
como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda
nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo
que sentía en ese instante.
—Entonces —prontamente la Vieja Zorra se introdujo
en la conversación—, ¿haría usted
cualquier cosa con tal de ser un sennin?
—Sí, señora, con tal de serlo.
—Muy bien. Entonces usted vivirá aquí
y trabajará para nosotros durante veinte años
a partir de hoy y, al término del plazo, será
el feliz poseedor del secreto.
—¿Es verdad, señora? Le quedaré
muy agradecido.
—Pero —añadió ella—, durante
veinte años usted no recibirá de nosotros
ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
—Sí, señora. Gracias, señora.
Estoy de acuerdo en todo.
De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años,
que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké
acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba
las comidas y hacía todo el fregado y el barrido.
Pero esto no era todo; tenía que seguir al doctor
en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín.
Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió
un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no
se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké,
vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori
como la primera vez que lo vieron, se presentó ante
los dueños de casa.
Les expresó su agradecimiento por todas las bondades
recibidas durante los pasados veinte años.
—Y ahora, señor —prosiguió Gonsuké—,
¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo
prometieron hace veinte años, cómo se llega
a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
—Y ahora, ¿qué hacemos? —suspiró
el doctor al oír la petición. Después
de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años
por nada, ¿cómo podría en nombre de
la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabia respecto
al secreto de los sennin? El doctor se desentendió
diciendo que no era él sino su mujer quien sabía
los secretos.
—Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga —concluyó
el doctor y se alejó torpemente.
La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
—Muy bien, entonces se lo enseñaré yo;
pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga,
por difícil que le parezca. De otra manera, nunca
podría ser un sennin; y además, tendría
que trabajar para nosotros otros veinte años, sin
paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso
lo destruirá en el acto.
—Muy bien, señora, haré cualquier cosa
por difícil que sea contestó Gonsuké.
Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
—Bueno —dijo ella—, entonces trepe a ese
pino del jardín.
Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones
habían sido simplemente imponerle cualquier tarea
imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis
por otros veinte años. Sin embargo, al oír
la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol,
sin vacilación.
—Más alto —le gritaba ella—, más
alto, hasta la cima.
De pie en el borde de la baranda, ella erguía el
cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol;
vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más
altas de ese pino tan alto.
—Ahora suelte la mano derecha.
Gonsuké se aferró al pino lo más que
pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó
libre la derecha.
—Suelte también la mano izquierda.
—Ven, ven, mi buena mujer —dijo al fin su marido,
atisbando las alturas—. Tú sabes que si el
campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá
abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor,
será hombre muerto.
—En este momento no quiero ninguno de tus preciosos
consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre!
Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
En cuanto ella habló, Gonsuké levantó
la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de
la rama ¿cómo podría mantenerse sobre
el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer
retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron
desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué
es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo!
en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá
arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido
como una marioneta.
—Les estoy agradecido a los dos, desde lo más
profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin
—dijo Gonsuké desde lo alto.
Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó
a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en
el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer
entre las nubes. |
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